Cuatro centros de investigación en nanotecnología, biociencias y energía generan ingresos y competitividad.

El enorme esfuerzo destinado a la investigación científica comienza a dar resultados. Se hace visible en la mayor resistencia de los parachoques de los coches, la capacidad de los procesadores de un ordenador, de la batería de los móviles o los avances en el desarrollo de fármacos para el tratamiento de enfermedades. Aunque tendrá que transcurrir todavía un lustro o quizás una década para que los frutos se multipliquen en toda la industria.

El País Vasco toma ventaja en este campo que conecta a las ciencias con la empresa para generar competitividad y crecimiento económico. La meta es optimizar unos recursos ya limitados, crear empleo de calidad y adelantarse a las problemáticas sociales. Este propósito público-privado, que ya lleva diez años con el apoyo de la UE a través del programa Horizonte 2020, se materializa gracias a la red vasca de ciencia y tecnología, integrada por una decena de agentes. Cuatro de ellos son representativos: los centros de investigación cooperativa (CIC) en nanotecnología, biociencias y energía.

Uno de los proyectos colaborativos más importantes que desarrolla el CICNanogune (San Sebastián), de nanotecnología, se centra en cómo evitar el deterioro de las infraestructuras por la corrosión ambiental, sea por la contaminación o por su exposición al agua, suelo o atmósfera.

El desafío del sector es pasar de la fase de I+D a su aplicación masiva en el mercado

Los costes correctivos suponen el 4% del PIB en países industrializados, de ahí que esta investigación suscite el interés de varias empresas, como la de energía marina Itsasolutions; la de soluciones tecnológicas Nautilus; la cementera italiana Italcementi; la química alemana Basf, o la petrolera venezolana PDVSA. Con una inversión de 2,1 millones de euros del Gobierno vasco, las futuras construcciones contarán con cementos y estructuras metálicas más fuertes frente a situaciones ambientales agresivas.

Pero no es el único. En total, tiene 50 proyectos activos y ha solicitado cuatro patentes. Una de ellas, sobre partículas magnéticas para biosensores, está siendo utilizada por una empresa danesa en el desarrollo de dispositivos portátiles de diagnóstico médico. Las tres restantes tratan la deposición controlada de fármacos, controles de calidad de materiales finos nanométricos y la microscopia óptica de campo cercano, que estudia la luz en la nanoescala.

Además, ha creado cuatro startups, tres en fase de iniciación (Simune, Ctech-nano y Evolgene) y la última, Graphenea, convertida en empresa tras cinco años de fundación. Se dedica a la comercialización mundial de obleas de grafeno de alta calidad (cristales de carbono), que se usa en transistores (electrónica) o tecnología led.

Biogune, en Bilbao, y Biomagune, en San Sebastián, son los dos centros hermanos enfocados en ciencias de la salud. El primero estudia las bases moleculares de la enfermedad (el origen del cáncer, afecciones raras o infecciosas) para desarrollar en el futuro métodos diagnósticos y terapias avanzadas (fármacos). Y el segundo se especializa en los nanobiomateriales (investigación a escala celular), que ayudarán a sustituir los tejidos dañados.

Así, participa en más de 50 proyectos nacionales e internacionales. Desde 2005, ha creado tres empresas y subcontratado otras por cuatro millones. En tanto, ha solicitado cuatro patentes y obtenido otras cuatro, tres de ellas en explotación, aunque el centro no dio más detalles.

El CIC Energigune (Vitoria) pone el foco en la creación de materiales para elevar la vida útil de las baterías, aplicaciones del grafeno en el campo de la energía y sistemas de almacenamiento de calor para la industria. De hecho, desarrolla una nueva generación de baterías para coches eléctricos con una autonomía superior a los 350 kilómetros, que duplica a las actuales de litio y que son “más seguras, potentes y baratas”.

Una iniciativa que trabaja junto con investigadores del mayor proveedor de electricidad canadiense, Hydro-Québec. También colabora en siete proyectos de la UE y ha atraído al País Vasco 3,6 millones en financiación europea.

El futuro, producción a la carta

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Los centros de investigación anticipan la aparición de distintas formas de producción, de nuevas industrias y la desaparición de otras con el auge de la nanotecnología y la nanociencia. Por esa “posibilidad de manipular la materia a escala nanométrica y controlar la agregación de estructuras con precisión atómica”, señalan desde Nanogune.

Es decir, el reto de transformar estructuras muy pequeñas para crear materiales y dispositivos con propiedades a la carta. Así, las empresas que se adelanten a estos cambios tendrán mayor competitividad.

De ahí la importancia de la I+D+i. El número de trabajadores en este campo ha pasado de 60.000 a 600.000 en el mundo, y los expertos calculan que se multiplicará por 10 en los próximos cinco años.

Es un sector versátil que abarca desde la mayoría de las industrias (electrónica, agricultura, química, de carburantes, energía, depuración de aguas...) hasta la medicina, con un crecimiento anual del 25%.

En 2012 alcanzó los 700.000 millones de dólares (más de 620.200 millones de euros) y, un año después, llegó a 1.000 millones de dólares (893 millones de euros). Mientras que la inversión global sigue en alza, unos 16.124 millones de euros en 2010, con una subida en torno al 40% en los últimos años, según datos de la entidad.

Una década de innovación científica

Nanogune: creado en 2006, su último presupuesto fue de 13,5 millones, provenientes de Europa, los Gobiernos español y vasco y empresas, con un equipo de 91 profesionales de 23 países. Biogune y

Biomagune: ha recibido en 10 años 90 millones en fondos públicos, de los que 44 millones se han traducido en inversiones a favor de la sociedad. Tiene más de 270 investigadores

Energigune: centrada en la ciencia de los materiales para almacenar energía, ha invertido más de 40 millones en seis años. En él colaboran 68 profesionales de 10 naciones.

Fuente: Cinco Días

 

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